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Atención Activa con niños y jóvenes

Atención Activa

Una técnica muy adecuada para iniciar una conversación con niños y jóvenes y poder mantenerla es escuchar de FORMA ACTIVA. Exige de los padres que sean capaces de ponerse en el lugar del otro para poder descifrar de manera correcta los mensajes emocionales que hay detrás de las confidencias de sus hijos.

Para ilustrarlo, presentamos un ejemplo:

Sonia: Oye papá, ¿qué clase de chicas te gustaban más cuando eras joven ? ¿Cómo eran?

Padre: Supongo que te preguntas cómo deberías ser para gustar a los chicos. ¿Es eso?

Sonia: Sí, en cierto modo, tengo la sensación de que no les gusto y no sé por qué.

El padre ha descifrado correctamente el mensaje y ha expresado lo que le sucede a su hija. De esta manera da a la conversación un nuevo sentido. Ya no se trata tan sólo de qué era lo que al padre le parecía interesante en las chicas. El problema real es ahora el tema central : la inseguridad y las dudas sobre sí misma de la hija.

Atención Pasiva

Los niños pueden hablar con mayor facilidad sobre sus experiencias y las emociones ligadas a ellas cuando los padres escuchan con atención y no manifiestan de inmediato su propia opinión. Hay muchas posibilidades de dar señales -también sin emplear palabras- de que de verdad se está escuchando con toda atención: a través de contacto visual, con una postura del cuerpo atenta y abierta, y un asentimiento de vez en cuando, los padres pueden manifestar con claridad la atención que están prestando a su hijo.

Un ejemplo, podría ser la siguiente conversación:

Sara: Hoy me han mandado al despacho del director.

Madre: ¿Ah, sí?

Sara: Sí, el señor López ha dicho que hablo demasiado.

Madre: ¡Vaya!

Sara: No puedo soportar a ese viejo… se sienta en su silla y nos cuenta sus problemas o nos habla de su nieto y espera que eso nos interese. No te puedes imaginar lo aburrido que es.

Madre: Hmmmm.

Sara: Es tan aburrida su clase. Te vuelves loco. El tiene la culpa de que nos pasemos toda su clase haciendo el tonto. Es el peor profesor que se pueda imaginar. Me pone furiosa.

Madre: (Silencio).

Sara: Cuando tengo clase con un buen profesor, atiendo y participo, pero con alguien como el señor López se me quitan las ganas de aprender. ¿Por qué se habrá hecho profesor?

Madre: (Se encoge de hombros).

Sara: Bueno, no me quedará más remedio que acostumbrarme a él; supongo que no siempre tendré buenos profesores. Hay más profesores malos que buenos, y si me dejo avasallar por los malos nunca tendré las notas que necesito para la selectividad.

Escuchar en silencio pero con atención permite al niño desahogar su frustración y su rabia. La madre no hace el menor comentario sobre las manifestaciones emocionales. Con ello se crea una atmósfera en la que Sara se siente acogida y al mismo tiempo puede encontrar una especie de solución al problema.

Muchos padres habrían reaccionado a las confidencias de su hijo de forma muy diferente: '¡Seguro que has vuelto a pasar la clase charlando!'; '¡Tú te lo has buscado!', '¡Ojalá sea para ti una lección!'. Este tipo de reacciones habrían bloqueado otras confidencias del hijo: difícilmente habría llegado a encontrar por sí mismo una posible solución al problema.

 

 

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